2 de Enero… ¡No se olvida!
Por: Ricardo Torres Origel »
Es el primer día hábil del año nuevo, sí, pero también una fecha memorable para la democracia: en esta fecha, pero de 1946 por la noche, al cerrarse las puertas del Palacio Municipal, la Policía y el Ejército, parapetados en los balcones y la azotea, comenzaron a disparar sobre una masa inerme de personas que en la Plaza de la Constitución protestaba por el fraude electoral contra su candidato Carlos A. Obregón, postulado por la Asociación Cívica Leonesa -aglutinada en el Movimiento Nacional Sinarquista, al Partido Acción Nacional y a ciudadanos sin partido- en fraude orquestado por el gobernador Ernesto Hidalgo, para imponer como Presidente Municipal a Ignacio Quiroz, ambos del Partido de la Revolución Mexicana.
El número de víctimas nunca fue determinado pues los muertos y heridos se dispersaron entre la Cruz Roja, los hospitales públicos y privados, los consultorios médicos y las casas particulares. Oficialmente se reconoció a 26 muertos y 37 heridos graves. Desde entonces la plaza principal de León es conocida como Plaza de los Mártires del 2 de Enero. Las repercusiones políticas y sociales de estos hechos tuvieron un impacto nacional a pesar del férreo control que sobre los medios de comunicación ejercía el Gobierno para acallarlos.
Tan sólo dos meses después, en marzo del mismo año, y se dice que a raíz del escándalo nacional provocado por esa vergonzosa masacre, el partido oficial cambió su nombre a Partido Revolucionario Institucional.
Esta parte de la historia que la escuché de mis padres durante muchos años y quienes, siendo aún jóvenes, les había tocado vivir de cerca estos acontecimientos, bien debería de ser conocida también por las nuevas generaciones, pese a que fue borrada de los libros de texto oficiales, como tantos episodios verdaderos de la historia de México.
De esa parte de la historia que fue escrita por los vencedores y que no ha permitido que los mexicanos logremos reconciliarnos con nuestro pasado, de esa parte de la historia no escrita, pero verdadera, donde hubo héroes no reconocidos y traidores que nunca lo fueron más que a las causas de los vencedores que escribieron después esa parte que entronizó a héroes que quizá no lo eran.
Viene a cuento porque hace unos días leí en algunas columnas las conclusiones de quienes atribuyen razones ideológicas por las que la Presidencia Municipal de León, hoy en manos del PRI, decidió después de 23 años cancelar la conmemoración del 2 de enero, y que seguramente será anulada del calendario de conmemoraciones cívicas del municipio de León los próximos dos años, como buscando que ese episodio de heroica lucha cívica de los ciudadanos pase desapercibido y vuelva al olvido como si jamás hubiera pasado.
Las razones que llevaron a la autoridad municipal a cancelar esta conmemoración podrán ser muy respetables, pero no coincido con quienes creen que es un tema de partidos o un asunto de derechas o de izquierdas, de liberales o conservadores. Nuestra historia ya no debería ser vista de esa arcaica manera que no hace más que seguir dividiéndonos entre buenos y malos, manifestar ignorancia y pretender reducir la fecha a un tema de ideologías. Hacer filosofía de la historia es poner en contexto las ideas que motivaron las causas que originaron los acontecimientos, pero jamás eliminar la visión de que a pesar de que se pretenda anular de la memoria colectiva un hecho histórico, no se podrá borrar de la historia el hecho mismo.
La lucha por la democracia en nuestro país se ha legitimado por manifestaciones sociales que han sido impulsadas por ciudadanos mexicanos todos, que han perseguido mejores estadios de futuro para México bajo su propia circunstancia, y tienen carácter histórico cuya secuencia nos han dado un país democrático que sigue buscando la democracia real, la tolerancia y el respeto a todas las formas del pensamiento para convivir con libertad.
Así se ha formado el país que hoy tenemos y se forjará el que tendrán las futuras generaciones.
Ocultar los hechos no sirve a la tolerancia y sólo fomenta enconos. Los mexicanos tendríamos que honrar a todos los compatriotas que en algún momento de nuestra historia nacional lucharon desde su espacio por tener mejor Patria, hayan sido vencedores o hayan sido vencidos.
Hoy nadie niega ni deja de reconocerle méritos a Juárez, que los tuvo igual que errores, pero tampoco se puede negar los beneficios que le dejó al país la lucha maderista por la democracia que le causó la muerte.
Me recuerda aquellos fatídicos días de Luis Echeverría que de un plumazo y por decreto, quiso cambiar la historia de México anulando del calendario festivo el 12 de diciembre, como si las festividades por las apariciones de la Virgen de Guadalupe fueran a hacer desaparecer de la memoria y de la cultura popular mexicana los hechos reales. O que de un día para otro y después de años de que la propia historia oficial enseñaba en las escuelas que Agustín de Iturbide había sido el Libertador de México, de repente y por el mismo poder omnímodo presidencial ya no lo fuera, para convertirlo en el traidor de la República y, desde entonces, así se enseña a los niños.
Reconciliarse con la historia es tolerancia y es reconciliarnos con nosotros mismos como mexicanos, es tiempo de buscar la unidad nacional y en la medida en que aceptemos que los hechos históricos construyeron el país que tenemos encontraremos también los mejores caminos para la convivencia.
El 2 de enero marcó la historia de León, pero también cambió la historia en la convicción de miles de leoneses y de mexicanos que seguirán luchando por la democracia a pesar de los años y de que se pretenda borrar sus huellas.
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