Crimen
Por: Daniel Cortez Rayas »
Irvine Welsh —escritor escocés— tal vez sea desconocido para muchos. No así su obra, pues una de sus novelas y un libro de cuentos han sido llevados al cine con suficiente aceptación por parte de la crítica: «Trainspotting» y «The acid house». Ahora es posible que entremos en sintonía. Aquellos que hayan visto alguna de estas películas sabrán, de entrada, que se trata de un escritor que no suele acudir a los temas más apacibles o insulsos. Su obra por lo general retrata a un Edimburgo decadente, lleno de drogas, prostitución y agresión.
Hace poco cayó en mis manos uno de sus últimos libros llamado «Crimen». En el mismo, y como era de esperarse, me encontré con un tema bastante controversial: las redes de pederastía que ejercen su actividad en algunos lugares de Estados Unidos. Aunque la cosa no es tan simple. La novela nos relata la historia de un policía escocés, adicto al alcohol y la cocaína, que se encuentra de vacaciones en Miami después de terminar hecho polvo tras resolver el crimen de una menor en Edimburgo. Los pederastas aparecen por todos lados.
Ya en alguna ocasión habíamos hablado de los múltiples peligros a los que se ha enfrentado la niñez a lo largo de la historia: asesinato, abandono, agresión, etc. En ese momento no pusimos el acento en esta forma de agresión que tiene una génesis y un proceso muy particular. Y en ese sentido, la novela de Irvine Welsh es un gran acierto, pues es psicológicamente muy acertada.
Una de las escenas más interesantes es aquella en la que Ray Lennox, el policía que se ha propuesto defender a una niña de una red de pederastas, se tiene que enfrentar y renunciar a la seducción de la misma. Mientras él intenta dormir ella se mete en su cama y le pide que tengan relaciones.
«La sexualidad es un tóxico cuando la carne deja de estar vestida de sueño», podríamos decir junto con Sylvie Le Poulichet —psicoanalista francesa—.
Esta niña, como gran parte de los niños que son víctimas de abusos sexuales, no tiene un parámetro ni un entendimiento cabal de la sexualidad. Para ella se trata simplemente de placer y de un modo particular en el que los adultos de su vida se han comunicado con ella. Es por ello que, en el momento en que se siente en confianza con Ray le pide lo que su cuerpo conoce o necesita. Lo mismo le puede pasar a otros niños que han sido seducidos.
No será hasta la adolescencia —donde aparece un entendimiento más amplio de la sexualidad— donde podrá aparecer la culpa, la vergüenza y el arrepentimiento. Y es precisamente desde la culpa desde la que actúa Ray Lennox. Él mismo fue abusado de pequeño junto con un amigo. La culpa por no haber podido defenderse y la vergüenza por haber formado parte de ese acto lo llevan a volverse policía, a sentirse culpable por las víctimas y, finalmente, debido a la acumulación de frustraciones, a la adicción. Ray Lennox es un profesional atrapado por su pasado.
No obstante, llega un momento de liberación. Sigmund Freud decía que el psicoanalista debía estar atento para actuar en el momento preciso pues «el león salta una sola vez».
En ese sentido Ray Lennox actúa, tal vez no a la manera de un analista pero sí en el momento correcto: después de desarticular la red de pederastas y de liberar a la pequeña niña Tianna. En ese momento, la lleva a un monumento erigido para las víctimas del holocausto —la violación es una catástrofe personal— y le comenta que él también fue víctima de una violación; y tiene el acierto de explicarle que ni él ni ella han tenido la culpa por lo que les pasó, a pesar de que pudieran o no haber sentido placer. Ellos fueron víctimas y nada más. Incluso le pide que griten ambos al unísono y desde las entrañas: «¡vete a tomar por culo —tengo una traducción española—, puto pederasta de mierda!».
Lo triste de todo es que la pederastia no es un tema de novela o de ciudades europeas. Si se quiere, la pederastia como práctica organizada en México se ha presentado en instituciones religiosas y grupos criminales; sin embargo, las violaciones a menores son mucho más comunes de lo que quisiéramos. En gran parte son cometidas por familiares, lo que dificulta —aún más— la comunicación del hecho a una instancia que pueda proveer seguridad al niño abusado. Y todo lo que se calla ejerce su poder «tóxico» desde lo inconsciente.
Por ello rescato el poder sanador de la denuncia. Ese grito de Ray y Tianna, tan soez como pueda sonar, es un grito de libertad, un grito que pretende romper la cadena que podría llevar a un abusado a convertirse en un abusador, una persona violenta o una persona temerosa. Y todo a través de la palabra, el medio a través del cual —así lo entiende el psicoanálisis— el alma puede sanar.
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